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Oscars 2011: Otros vendrán que bueno me harán

marzo 2, 2011

Eso debieron pensar Buenafuente, Álex de la Iglesia y todos los responsables de la soporífera gala de los Goya.

Después de una semana de recibir palos, de acusarles de perder audiencia (esta vez de televisión) y de aburrir a los armadillos (animalicos que se entretienen con cualquier cosa), llega el hermano mayor y hace la gala de los Oscars más coñazo que recuerdo en mucho tiempo.

Cuando el presentador más activo, divertido y suelto de toda la noche es un viejecito de 93 años llamado Issur Danielovitch Demsky (algunos lo conoceréis por Kirk Douglas), es que algo va muy mal. Sobre todo, como dijo la pobre Anne Hathaway, teniendo en cuenta que estos iban a ser los Oscars de los jóvenes.

Yo vi la gala entera y el programa de la alfombra roja al día siguiente, el lunes. Y mientras me maravillaba de lo bien que hacen los americanos estos programas durante la alfombra roja, con breves entrevistas con las estrellas y una sincronización absoluta entre los presentadores digna de Gemma Mengual, me desesperaba al ver cómo eran capaces de destrozar la entrega de los premios con un ritmo lento y unos presentadores (sobre todo James Franco) que no podían hacerlo peor.

Por si alguien no lo sabe, James Franco interpretó a James Dean en una TV movie que tuvo bastante éxito en USA en el 2001. Este domingo, dio la sensación de que quiso retomar ese papel. Se dedicó a hacer miraditas extrañas hacia puntos indefinidos del teatro (cuando no cerraba directamente los ojos al hablar), repondía con monosílabos a su co-presentadora mientras ella estallaba en carcajadas como si Chiquito de la Calzada le hubiese contado un chiste al oído. Estuvo aburrido, sieso, plomo, cansino y daba la sensación de que no quería estar allí (mira, en eso estábamos todos de acuerdo). Más de una vez me descubrí imaginándolo con el brazo atrapado otra vez en esa roca y me sonreía…

En cuanto a Anne Hathaway, la pobre Anne. Hizo lo que pudo, un breve amago de número musical sin gracia, en el que acusaba a Hugh Jackman (el mejor presentador de los Oscars en muchos, muchos años) de abandonarla en el escenario. Ella, durante toda la noche,  sonrió, sonrió mucho, exageradamente, también habló muy rápido y preguntaba cosas a James Dean (perdón, Franco), que cerraba los ojos como si estuviera fumado y le decía “Yessss” y entonces Anne se partía de risa otra vez, mientras yo lloraba en mi sofá rezando a San Ricky Gervais por un poco de humor.

Pero, siendo justos, tampoco podemos echar el 100% de la culpa a los presentadores, otros también aportaron su granito de arena para hacer de esta gala una de las peores que recuerdo. Por ejemplo la actriz Melissa Leo (mejor actriz de reparto por “The Fighter”), que estuvo ordinaria y ridícula cuando le pidió a Kirk Douglas que la pellizcara, y directamente maleducada cuando le arrebató el bastón para usarlo ella. Podía haberle empujado y golpeado con su Oscar para rematar su intervención.

Los discursos de los premiados, como siempre, eternos y aburridos. Todos se acordaron de sus madres, padres y hermanos (que estarían preocupados pensando, ¿se acordará de que soy su madre ahora que le han dado un Oscar? Tranquila señora, ya ve que sí).

Pero cuándo se darán cuenta de que estas galas son, ante todo, un programa de televisión con un objetivo claro. Atraer al público. Yo creo que deberían pedirles a todos los nominados que alguien les prepare sus discursos de aceptación, no más de 1 minuto por premiado, se les pone un teleprompter y fuera, y el que se salga de esto… multa!!!!

Después, en el backstage, delante de todos los fotógrafos y cámaras del mundo, les pueden esperar sus familiares, como si saliesen de la casa de Gran Hermano, y allí que les den las gracias, besos y lo que quieran, pero que dejen de ralentizar una gala que ya es larga de por sí, con discursos absurdos, silencios y balbuceos nerviosos. Puedo entender esta reacción si voy por la calle, me cubren la cabeza, me secuestran, me drogan y me llevan a Los Angeles, para destaparme la cara delante de los focos y cámaras de televisión en el Kodak Theatre y darme un Oscar, entonces puedes llorar y sorprenderte, pero si estás nominado… joder, tienes que comprender que puede que te lo den, no es tan sorprendente.

La parte de musical fue igual de soporífera que el resto de la gala. El número que hicieron en los Goya Luis Tosar y compañía le daba mil vueltas a todo lo que se hizo en Los Angeles. Quizás lo peor de todo fue el coro de niños de colegio al finalizar la gala, intentando cantar “Over the rainbow” mientras los ganadores de la noche les gritaban al oído y les zarandeaban histéricos por la gran sorpresa de ganar el Oscar (que estabais nominadoooos!!!!!).

En resumen una gala sin humor, sin ironía, sin ritmo y sin sorpresas; con aburrimiento, con lentitud, con poco gusto y con James Franco.

Para quitaros el mal sabor de boca, aquí os dejo la presentación de Hugh Jackman. That’s entertainment!!

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4 comentarios
  1. Jajajaaj! Totalmente de acuerdo, Aitor. Qué peñazo! Pa que luego digamos de lo nuestro. Igualito de aburrido, de ñoño y de absurdo… Y lo de los discursos, una pesadilla! A mí estas galas me recuerdan a los actos de Fin de Curso del cole. Con actuaciones malas y madres entregadas aplaudiendo a sus retoños, que desde el escenario saludan a mamá… En fin, la buena noticia es que ya pasó.

    • A mi me ha servido para romper un “icono”, yo era un seguidor de James Franco. Pensé que tenía talento y que era un tipo normal, pero me ha parecido tan freak en la gala, que me planteo exigir un control antidopaje, como en el deporte. Aunque después de Charlie Sheen, la máquina se rompería, claro.

  2. Marta permalink

    Jajajaj!! Ya te digo, con Charlie Seen ‘pa qué queremos más’. Y sí, lo de desmitificar da mucha pena. A mí me ha pasado ya con varios, sobre todo cuando los conoces en persona y es como cuando te enteras que el ratoncito Pérez no existe o algo así… Luego nunca les ves con los mismos ojos. La vida es dura… :p

    • Te cuento una anécdota. Yo trabajé de publicista en el rodaje de una película en Madrid en la que trabajaban Ewan McGregor y Hugh Jackman, y me admiraba mucho el primero, mientras que el segundo no me importaba demasiado. Sin embargo descubrí que Hugh era un tio encantador, simpático y muy cercano, y Ewan se comportó como un divo malcriado (no digo que lo sea, pero se portó así). Imagínate cuando, años después, descubro que Hugh Jackman es el mejor presentador de una gala de los Oscars en muchos años, fue una alegría. A Ewan, como a los ídolos que de verdad valen la pena, le perdoné en cuanto volví a ver Traisnpoting.

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